Muskau, su ópera prima, ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y su obra tardía, Branitz, es una verdadera joya: el príncipe Hermann von Pückler-Muskau fue un aventurero, un vividor y un «dandy», y se convirtió en uno de los artistas de jardines con más genio de su época, aun sin ser profesional.