El final de la Edad Media: el mundo entre la decadencia y el resurgimiento

1483 a 1546: son las fechas de la vida de Martín Lutero, y mucho más; es la época en la que el mundo se reinventó, décadas de enormes descubrimientos, de transición de la Edad Media a la Edad Moderna.

Probablemente en ningún otro momento de la historia las personas eran tan piadosas y tan temerosas de Dios, soportaron unas plagas tan destructivas y fueron perseguidas por demonios y pesadillas como al final de la Edad Media. El miedo y la preocupación dominaban la vida terrenal, epidemias y catástrofes anunciaban el fin del mundo, tan cercano como cierto, y que pareció haber llegado efectivamente cuando en 1520 los otomanos, comandados por Solimán, conquistaron la hermosa Viena. Y sin embargo, el Renacimiento es una época de esplendor económico, cultural y científico; inventores, descubridores y conquistadores crearon una nueva imagen del mundo, que se hizo más grande tras el descubrimiento de América. La impetuosa evolución de la geografía, la cartografía y la navegación permitió que se emprendieran los grandes viajes de descubrimiento de aquellos años. A través de las nuevas rutas comerciales llegaron a Europa mercancías muy valiosas y el bienestar aumentó en las ciudades influidas por el comercio. La imprenta se había inventado unas décadas antes, y Lutero sabía con certeza que «la palabra impresa es poderosa». Humanistas como Erasmo de Rotterdam colocaron a la persona, como individuo, en el centro de su doctrina, y artistas como Tiziano, Da Vinci, Brueghel o Durero se orientaron hacia la Antigüedad e intentaron representar a la persona y su entorno con fidelidad. Se fabricaron los primeros relojes de bolsillo, y Nicolás Copérnico declaró en 1543, aún en vida de Lutero, que el sol era el centro del universo, con lo que introdujo el mayor cambio paradigmático del milenio. Lutero no estaba de acuerdo en absoluto con esta conclusión; argüía que este «loco quería invertir toda la ciencia astronómica». El hecho de que en esto se equivocara no desdice en absoluto todos los logros de Lutero, quien había desencadenado una revolución de la fe y del intelecto. «Muchos, muchos están esperando aquí la llegada del hombre adecuado para enfrentarse a Roma»; esta nota escrita en 1516 por un cronista contemporáneo pone de manifiesto que había llegado el momento en que las críticas por el comportamiento de los religiosos se estaban haciendo más fuertes, porque cardenales, obispos, sacerdotes y monjes no predicaban precisamente con el ejemplo. Tenía razón: tan solo un año más tarde Lutero clavaba sus tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg.

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